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Sigue pendiente la deuda moral en Francia

Sigue pendiente la deuda moral en Francia
La reciente decisión del presidente francés, Emmanuel Macron, de impulsar la derogación formal del llamado Código Negro constituye un reconocimiento tardío de una de las páginas más vergonzosas de la historia moderna. Sin embargo, la medida también revela una contradicción que Francia ha evitado enfrentar durante generaciones: admitir la existencia del crimen sin asumir plenamente la responsabilidad histórica por sus consecuencias.“El silencio que hemos mantenido durante casi dos siglos frente a este Código Negro ya no es un simple descuido; se ha convertido en una forma de ofensa”, declaró Macron. La frase es contundente, pero deja una pregunta inevitable: ¿puede una nación reparar una ofensa histórica sin pedir perdón por ella?El Código Negro, promulgado en 1685 por el rey Luis XIV, fue mucho más que un texto legal. Fue la institucionalización de la deshumanización. Transformó a seres humanos en propiedad, reguló castigos, limitó derechos y legitimó un sistema económico basado en la explotación brutal de millones de africanos esclavizados.Durante siglos, Francia obtuvo enormes beneficios económicos de ese sistema. Se estima que transportó cerca de 1,4 millones de africanos hacia sus colonias, alimentando una maquinaria comercial que enriqueció ciudades como Nantes y Burdeos. El azúcar, el café y otros productos producidos por manos esclavizadas ayudaron a construir la prosperidad de la metrópoli.Sin embargo, mientras las riquezas se acumulaban en Europa, las consecuencias sociales y económicas de la esclavitud quedaron arraigadas en los territorios coloniales.Hoy, más de siglo y medio después de la abolición de la esclavitud en 1848, los departamentos franceses de ultramar —Guadalupe, Martinica, Guayana Francesa y Reunión— continúan exhibiendo indicadores sociales muy inferiores a los de la Francia continental.La pobreza, el desempleo y la dependencia económica siguen golpeando a territorios cuyos habitantes son ciudadanos franceses en igualdad jurídica, pero no necesariamente en igualdad real.La paradoja resulta evidente: la República que proclama "Libertad, Igualdad y Fraternidad" mantiene profundas brechas entre París y las regiones que durante siglos fueron explotadas para sostener su expansión imperial.La crítica va más allá de la memoria histórica. También apunta a las estructuras actuales de poder. El diputado guadalupeño Max Mathiasin, impulsor de la derogación, denunció una realidad incómoda cuando afirmó que en Guadalupe los puestos más importantes de la administración estatal continúan ocupados predominantemente por blancos.Sus palabras reabren un debate que Francia suele abordar con cautela: la persistencia de desigualdades heredadas del orden colonial.La derogación del Código Negro es, sin duda, un gesto simbólico importante. Ninguna democracia moderna debería conservar en sus archivos jurídicos una legislación que negó la humanidad de millones de personas. Pero la verdadera cuestión es si Francia está dispuesta a ir más allá del símbolo.Derogar una ley muerta no exige sacrificios políticos significativos. Reconocer plenamente el impacto económico del esclavismo, combatir las desigualdades estructurales que persisten en los territorios de ultramar y asumir una responsabilidad histórica más profunda sí los exige.La historia enseña que los pueblos pueden olvidar los discursos, pero rara vez olvidan las injusticias. Como escribió el filósofo George Santayana: “Quienes no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”.Francia ha dado un paso necesario, pero insuficiente. La derogación del Código Negro puede cerrar un capítulo jurídico. No obstante, la verdadera reconciliación seguirá pendiente mientras la igualdad prometida por la República continúe siendo una aspiración más que una realidad para millones de descendientes de aquellos que fueron esclavizados bajo la bandera francesa.Porque la dignidad no se restaura únicamente eliminando palabras de una ley antigua; se restaura corrigiendo las consecuencias que esas palabras produjeron durante siglos y que todavía tiene sus manifestaciones en África y más allá.

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