“Un incendio con muchos fósforos”, por Soledad Morillo Belloso
Las guerras modernas ya no se declaran: ocurren, se filtran, se superponen y se normalizan.
No es una guerra entre Israel e Irán, aunque sus nombres acaparen titulares, pantallas, mapas y discusiones encendidas en tertulias y redes sociales. Pensarla como un duelo entre dos Estados es como señalar una llamarada y creer que eso explica el incendio. Israel e Irán son dos focos visibles, dos brasas intensas que concentran la atención, pero el fuego se mantiene vivo porque hay muchos fósforos ardiendo al mismo tiempo. Lo que ocurre no es un enfrentamiento aislado ni una secuencia clara de causas y efectos, sino un entramado denso de fuerzas, intereses y temores que se cruzan, se empujan y se refuerzan mutuamente. Un incendio complejo, alimentado por manos distintas, algunas a plena vista y otras escondidas en la penumbra, donde nadie parece tener el control total, pero muchos se resisten a soltar la cerilla.
En la superficie, la guerra se presenta como un espectáculo de alta tecnología, casi aséptico cuando se observa desde lejos. El cielo deja de ser un espacio vacío para convertirse en un tablero saturado de cálculos, trayectorias y probabilidades. Misiles que buscan con precisión matemática, sistemas defensivos que interceptan en fracciones de segundo, drones que vigilan y golpean como insectos metálicos, ataques invisibles que viajan por redes y satélites sin dejar rastro de humo. La violencia parece abstracta cuando se la mira en gráficos y simulaciones, como si fuera un videojuego mal programado para olvidar a quienes están debajo. Sin embargo, detrás de ese despliegue hay una coreografía minuciosa. Muchas veces no son los Estados los que chocan de frente, sino actores interpuestos que cargan el peso del combate en territorios que ya eran frágiles. La guerra se libra con guantes largos: se golpea, pero con cautela, midiendo cada paso para no desencadenar una reacción imposible de controlar, como quien aviva el fuego solo lo justo para que no salte al edificio contiguo.
Un misil iraní fotografiado en el cielo de Jerusalén, 7 de abril de 2026(Foto: Flash90)
Más profundo —y más peligroso— arde una guerra existencial. No todos los actores sienten que están jugando la misma partida ni que arriesgan lo mismo. Para algunos, el conflicto se vive como una amenaza directa a la propia continuidad, una sensación de cerco permanente, de estar siempre a un movimiento del abismo. Para otros, es una lucha por influencia, por prestigio regional, por no perder terreno ni relevancia en un entorno cambiante. Aquí no dominan solo los cálculos estratégicos ni los informes técnicos: pesan los recuerdos, las heridas históricas, los miedos heredados y las promesas incumplidas. Cada decisión se toma con la carga de una memoria que no se borra y con la sospecha de que ceder equivale a desaparecer. En este plano, la guerra se vuelve íntima, casi sicológica, y por eso mismo tan difícil de detener, porque se libra también en la cabeza y en el relato que cada actor se cuenta a sí mismo.
Mientras las explosiones ocupan la atención y llenan minutos de televisión, la guerra se expande por caminos menos visibles. La economía mundial siente el calor del incendio aunque las llamas estén lejos. Los mercados energéticos se tensan como cuerdas demasiado estiradas, el precio del petróleo sube y baja al ritmo de los titulares, las cadenas de suministro crujen, la inflación aprieta. Es una guerra sin trincheras ni uniformes, pero con consecuencias concretas en la vida cotidiana de millones de personas. Países que no han disparado un solo proyectil ajustan presupuestos, recortan expectativas y trasladan el costo de la incertidumbre a sus ciudadanos. La guerra se convierte así en una marea que sube despacio y entra por todas las rendijas, inundando economías y hogares que no aparecen en los comunicados oficiales ni en los partes de guerra.
Por encima de todo, casi imperceptible pero omnipresente, se libra la guerra de las narrativas. Es el combate por el significado, por el relato, por la interpretación de los hechos, por la forma en que el mundo debe entender lo que sucede. Aquí las armas son palabras, imágenes, silencios bien colocados y fake news que se propagan con rapidez. Cada actor intenta escribir la historia mientras ocurre, decidir quién es agresor y quién víctima, qué violencia es inevitable y cuál intolerable, qué muerte conmueve y cuál se diluye en la estadística. No se compite tanto por la verdad como por la verosimilitud, por la repetición, por la emoción. Gana quien logra que su relato parezca natural, casi obvio, y que las dudas del adversario se conviertan en un molesto ruido de fondo. En este frente, la guerra no destruye edificios, sino percepciones, y sus efectos duran mucho más que el eco de una explosión.
Estas guerras no existen en compartimentos estancos. Se alimentan unas a otras como un sistema de raíces bajo tierra, invisible pero resistente. Un ataque militar necesita un relato que lo justifique; ese relato abre la puerta a sanciones y presiones; las presiones económicas generan malestar e incertidumbre; la incertidumbre refuerza los miedos existenciales; y esos miedos empujan de nuevo hacia la fuerza. El fuego no se apaga porque siempre hay otro fósforo encendido. A veces es un misil, a veces un discurso, a veces un post en las redes, a veces una sanción, a veces una subida del precio del combustible. Cada chispa parece pequeña por sí sola, pero juntas mantienen el incendio vivo y extendido.
Por encima de todo, casi imperceptible pero omnipresente, se libra la guerra de las narrativas. Es el combate por el significado, por el relato, por la interpretación de los hechos, por la forma en que el mundo debe entender lo que sucede. Aquí las armas son palabras, imágenes, silencios bien colocados y fake news que se propagan con rapidez
Por eso el conflicto persiste. No porque sea inevitable, sino porque demasiados actores, en distintos niveles, encuentran algo que ganar en su continuidad: poder, cohesión interna, ventaja estratégica, tiempo, distracción. Incluso el caos puede ser útil cuando se sabe navegar en él. El coste global es enorme, pero está distribuido de tal manera que nadie lo asume por completo, y así el desastre se vuelve tolerable, casi rutinario.
El peligro está en la costumbre. En aceptar el conflicto como parte del paisaje, como un ruido de fondo permanente que ya no interrumpe la vida diaria. En seguir llamándolo por dos nombres cuando son muchos los que sostienen el fuego. Mientras miremos solo las llamas visibles y no el entramado que las alimenta, seguiremos apagando incendios parciales sin tocar el origen del calor.
El incendio no se extinguirá con una tregua que dura horas, con un solo acuerdo ni con una victoria clara. No es un fuego contenido en una habitación, sino una combustión extendida por todo el edificio. Y mientras no reconozcamos cuántos fósforos siguen ardiendo al mismo tiempo —y quién los enciende— seguiremos viviendo en la ilusión de que basta con pisar uno para que todo se apague.
*Periodista, ensayista y novelista venezolana.
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